Yo medito (10)

Por supuesto, la pérdida de la identidad contenida puede ser traumática; si el meditador no está listo para ello, puede pasar por un proceso difícil, no salir muy bien parado.

¿Qué quiere decir no estar listo para ello? Quiere decir, paradójicamente, no tener un ego suficientemente fuerte para poder transcender el ego. Para tener un ego fuerte ciertas prácticas espirituales preliminares –que van de lo fisiológico a lo psicoterapéutico a lo propiamente espiritual– son necesarias. Solo entonces podremos acoger la abrumadora evidencia de que somos más de lo que somos.
           
Si el proceso místico no es realizado en el sujeto entonces se dará una nueva contracción de la identidad personal. En cambio, si el proceso místico es realizado, entonces el sujeto se da cuenta que el meditador, la meditación y el objeto meditacional no están realmente separados, sino forman parte de un mismo continuum o totalidad irrompible, lo cual puede darse como una percepción muy gozosa.
           
Pero aquí no termina el trabajo. Es preciso que el meditador continúe su labor hasta darse cuenta que toda esa positividad cósmica constituida por el experimentador, el experimentar y lo experimentado está de hecho vacía. El meditador no es localizable, ni la meditación como tal, ni aquello que es meditado.

Nuevamente, si el (presunto) meditador no está preparado para ello, puede caer en lo que usualmente se llama en la jerga espiritual “la noche oscura del alma”. Es el freak total. Se sabe de personas que caen allí accidentalmente, de un modo abrupto, sin gradualidad ni preparación alguna, una cosa horrible. 
           
Algunos tratan de aferrarse a esa nada como tal, reificándola. Pero una mirada ulterior nos revelará que esa nada misma como tal está vacía. En realidad, no es una cuestión de domesticar a la nada por medio de una representación conceptual, sino de darse cuenta, intuitivamente, de que la nada es, y que no solo es sino además es consciente de ser. Con ello, viene una revelación ulterior: esa misma consciencia que es consciente de la nada es consciente del mundo. Nada, consciencia y mundo son inseparables, no pueden existir por aparte.    
           
La manifestación es pura libertad radiante.

Yo medito (9)

Hay meditadores que prefieren las prácticas que se centran en el objeto de meditación. Meditadores que prefieren concentrarse en el sujeto que medita. Y luego meditadores que se establecen en el proceso relacional de la meditación.
           
Para el primer tipo de meditadores el asunto está en percibir algo externo y dejarse absorber. En cierto modo, más que meditar, está siendo meditados por esa masa intrigante y venerable de eventos fenoménicos. “Nos sentamos juntos, la montaña y yo, hasta que solo quedó la montaña”, dice Li Po.
           
Para el segundo tipo de meditadores el mundo externo no es lo importante. Lo importante es el sujeto puro que medita, el principio mismo que atestigua. Después de todo, y como ya lo dijera Descartes, sin ese principio no habría existencia de ninguna clase. Es una condición íntima del existir. Esta clase de meditador puede llegar al punto de no asociarse con el universo, en una suerte de suficiencia ontológica que no requiere asociaciones, resguardado en el Yo Soy.
           
Para el tercer tipo de meditador, tanto lo interno como lo externo son importantes, y se enfoca en el vínculo entre ambos universos.
           
Naturalmente, hablar de dos universos no es del todo verídico. En realidad el modelo referencial de lo interno y lo externo es uno muy dudoso. La epistemología convencional nos quiere hacer creer que hay de un lado una entidad privada, subjetiva y consciente que atestigua un mundo objetivo y público. Pero, ¿dónde termina la subjetividad y termina la objetividad? ¿Se puede acaso trazar una línea divisoria?

Yo medito (8)

He llegado a ciertas conclusiones.
           
Una de ellas es que la teoría de la meditación es importante; la práctica de la meditación es importante; y el fruto de la meditación es importante. 

Es importante dar importancia a las tres cosas por igual.      

Cuando no le damos importancia a la teoría entonces no sabemos qué estamos haciendo, ni tenemos un contexto de comprensión para procesar la experiencia meditacional.

Cuando no le damos importancia a la práctica, ocurre que nada ocurre: es como ir a un restaurante y ver el menú, pero no comer nada.

Por otro lado, a veces no le damos importancia al fruto de la meditación, que es una manera de no permitir que la realización tome lugar, y nos quedamos en una práctica perpetua. Por no querer, consciente o inconscientemente, el fruto de la meditación, nos volvemos buscadores perpetuos. Y sin embargo el efecto de integración total de la meditación es importantísimo. La meditación no es elevarse a los cielos y no volver. Hay algo que finiquitar. Algo debe ser transfigurado.  
           
Correlativamente, a veces le damos demasiado importancia a la teoría, y nuestra meditación se vuelve seca, no pasa de ser una amasijo de palabras y conceptos. 

Cuando le damos importancia únicamente a la práctica, entonces no hay vasija de comprensión para articular la práctica y los cambios que contrae. 

Por supuesto, a veces estamos demasiado enfocados en el fruto, en el resultado. Entonces dejamos de gozar el proceso y la inspiración misma que lo ha despertado.
           
La obsesión por el resultado puede llegar a ser tan grande que la única manera de desarticularla es comprendiendo que en cierto modo no se gana nada meditando. De ahí la relevancia de no esperar nada de la meditación. Paradójicamente, todas esas expectativas –las groseras y las más finas– que uno le impone a la meditación, son las que no permiten que la meditación explote, que haya una completa liberación.
             
El estado meditativo no en un objeto a poseer en el sentido usual de la palabra, una externalidad que pueda ser devorada o domesticada. En verdad la meditación no es controlable. No es explotable. Es inasible. Pretender asirla es una forma de neurosis. 

No se puede meditar como quien viola a una mujer, luego de arrasar un pueblo.

Yo medito (7)



En mi caso, meditar es un imperativo. Soy demasiado sensible, y no lo digo exactamente como un cumplido. Cuando no domino mi fluido consciente, derrapo. Se lo digo a otros como yo: o aprendés a meditar o no vas a aguantar la vara.
           
En términos generales, meditar es la posibilidad más rica que te podés regalar a ti mismo.

¿Para qué meditar? Hablemos del propósito inmediato de la salud y de la vitalidad. O del mismo placer de meditar. De la meditación como configurador de poder. Como conexión profunda. Como disparador expresivo, que aumenta sensiblemente nuestra creatividad y nuestro poder sináptico (según han demostrado las neurociencias, rediseña nuestro cerebro). Una forma de abrir nuestro ojo visionario y una manera neurónica de introducirse a otros mundos. Tu mente es como un colisionador: y puedes observarla, como lo haría un científico. Es la ciencia de la consciencia. Las meditaciones nos convierten en antenas, en receptores: vamos recibiendo todo tipo de downloads. La meditación nos trae integridad y sabiduría. Es la puerta de acceso al universo sagrado y lo absoluto inefable.    
           
Pero si bien la meditación tiene muchos propósitos, a la vez no tiene propósitos, ni metas. En zen a eso se le llama mushotoku.
           
La meditación puede servir para dar sentido a nuestra vida, pero a la vez puede ayudarnos a trascender el sentido: el sentido de la meditación y el sentido a secas.

Yo medito (6)


Hay un montón de meditaciones, simples o complejas, con objeto meditacional o sin el mismo, religiosas o no religiosas.
           
Una meditación como sugerí en la entrada anterior bien puede ser muchas cosas: una danza derviche, un ejercicio de kundalini yoga, una afirmación frente al espejo, una práctica de metta, un canto al Señor, un viaje shamánico, una práctica de Oración Centrante. 
           
Son ejemplos nomás. Lo importante es dejar claro que meditaciones hay muchas y que todas esas meditaciones están emplazadas en distintas dimensiones de la realidad. Algunas nos acercan más a la tierra y otras más al cielo. Algunas son más corpóreas y terrenales (siendo la energía de la tierra crucial para encontrar estabilidad) mientras otras son más etéreas y celestiales (siendo la energía de los cielos imprescindible para encontrar inspiración). Entre ambas posibilidades hay toda clase de registros intermedios.
           
Entre las más corpóreas podemos encontrar el tai chi, el hatha yoga o bien la práctica de las postraciones. Muchas de estas meditaciones se hacen de pie, en movimiento, en acción o danzando o tirando marcialmente cachimbazos. Se ve que el enfoque no tiene por qué ser quietista –tipo posición de loto– sino puede muy bien asumir rasgos dinámicos. Es perfectamente dable hacer de la caminata por ejemplo –y del ejercicio en general– una forma de meditación. Una sesión de trekking en el campo bien puede ayudarnos a conectar con la naturaleza y sus ciclos, lo cual puede ser profundamente equilibrante y sanador. Por cierto, ¿qué tal una meditación de sanación, poniendo delicadamente la mano sobre una parte del cuerpo que así lo requiera? Es importante darle atención al cuerpo. Por supuesto, se habla hoy en día mucho de la relajación y del alivio del estrés, por medios kinestésicos, sensorios, de respiración y similares. Ciertas meditaciones abordan con gran éxito el dolor crónico.
           
Hablé ya del chi kung, que me permitió descubrir una verdadera divinidad viva, celular, dentro de mí. Junto al chi kung hay toda una gama de tradiciones que usan la energía, pongamos por caso el reiki. El trabajo con el aura y pránico es importante, definitivamente. Muchas veces nos ocupamos del cuerpo grosero pero dejamos de lado el cuerpo sutil, con sus chakras, nadis y bindus. Este trabajo se vuelve progresivamente más aéreo y sofisticado. Algunas meditaciones son francamente interesantes, como las prácticas tántricas sexuales, un ejemplo, o la práctica calórica del tummo.
           
Podemos concebir la meditación como una manera de combatir energías, obstáculos o entidades, o de adquirir o invocar alguna clase de poder o protección. Por aparte, están todas esas meditaciones que tienen que ver con la manifestación y el deseo –crear resultados. Algunos utilizan la meditación para atraer dinero y abundancia. O para crear magnetismo, presencia y liderazgo. No es lo mío, pero hay que consignarlo, aún si a veces este tipo de meditaciones esculpen verdaderos descalabros… Como lo veo, mejor usar la meditación para purificar el propio karma, el pasado y los pasados, sus residuos traumáticos y sus transgresiones. Sobre todo, para encontrar serenidad, para disolver el enojo, para que cesen nuestros conflictos interiores.
           
Con lo cual vamos entrando al mundo de las emociones. Hay toda clase de meditaciones afectivas y de amor propio, que incluyen masajes y caricias, palabras o visualizaciones. La meditación es un poderoso instrumento para abrir y sanar el corazón. Es en el corazón en donde confluyen la tierra y el cielo, y algunas meditaciones están centradas en este poderoso punto de equilibrio. Al abrirse el corazón nos abrimos por supuesto a los demás. La meditación bien puede servir para conectar con nuestro ambiente y con los otros. Entonces estamos hablando de meditaciones para ecualizar nuestras relaciones, para disolver nuestros apegos y egoísmos. Son meditaciones relacionales que pueden ser hechas en soledad o, justamente, en relación. Por ejemplo, existen meditaciones de pareja muy interesantes (como el eye gazing). Las meditaciones de perdón y gratitud son muy recomendables. Y, cursilerías aparte, aquellas de amor, compasión, empatía, servicio y colaboración consciente. 
           
La meditación puede ser vista como una forma de expresión. Hay por caso meditaciones que nacen de nuestra voz, de nuestra vibración íntima, en forma de mantra, sonido o canto. Podemos cantar nuestra verdad. Podemos comunicar algo de verdad auténtico por medio de la meditación. En cuyo caso, la meditación se vuelve un medio para explicitar nuestro ser verdadero y creativo.  La meditación no es aparte de la belleza, la estética y el arte. En la música, en la pintura, en la danza, en la poesía, hay meditación.
           
Luego está la meditación verbal. Un diario es un magnífica forma de meditación. Con lo cual aprovechamos para aclarar que la meditación no es solo colorcitos y soniditos (aunque también). Las palabras, los conceptos, el discurso, la racionalidad, también son parte de la meditación. Es la meditación como algo ya mental, analítico, que implica concentración y discriminación, lectura y estudio. Luego están por supuesto las meditaciones morales. Podemos hacer inventario y prácticas para limpiar nuestra vasija ética y moral. Podemos hacer ejercicios para despertar nuestros valores profundos. Desde luego hay meditaciones menos racionales que se apoyan más en la intuición y en la imagen. Las meditaciones que recurren a la visualización son infinitas, e incluyen formas e imaginerías de todo tipo. Es como abrir la caja de Pandora. Meditaciones para encontrar nuestra vocación, propósito y llamado en la vida. Sanación intuitiva. Visión extrasensorial / a distancia. Adivinación y consulta oracular. Viajes shamánicos o astrales. Nahualismo. Shapeshifting. Regresiones y vidas pasadas. Registros akásicos y conexiones noosféricas. Consumo de psicotrópicos y drogas sagradas. También podemos meternos al fascinante yoga de los sueños.
           
Así es como vamos avanzando hacia planos cada vez más angelicales. Arquetipos, potencias espirituales, planos de luz. Es un paisaje muy sagrado. Conforme vamos introduciéndonos más el universo sutil, los downloads son más finos. Con esta sensibilidad, se va haciendo muy clara la voluntad de lo divino.
           
No por hacer estas meditaciones tan delicadas tenemos por qué descuidar los otros planos. Al contrario, perder la conexión con el resto de nuestros centros, así los terrenales, puede ser muy peligrosos. En realidad todos los planos de la realidad deben ser continuamente purificados, sanados, balanceados e integrados.
           
Solo así podrán ser trascendidos. Trascender la realidad requiere de meditaciones particulares, que nos permiten descubrir nuestra naturaleza búdica, más allá de la persona, el tiempo y el espacio. Más allá de la mente limitada. No es que la conexión con lo absoluto niegue este cosas, pero posibilitándolas está más allá de ellas. El poder del ahora está muy bien, pero si no tenemos un encuentro fecundo con lo no–nacido, el proceso espiritual no pasa de ser barato entretenimiento. Para comprender que todos los eventos fenoménicos no son más que formas del vacío, ciertas meditaciones esenciales son necesarias. Meditaciones como el Atma–vichara (en donde uno vuelve al Yo Soy puro), el Zen profundo o el Mahamudra. Esta clase de meditaciones son las que nos permitirán “morir antes de morir”. Solo entonces podremos de veras existir, comprendiendo de modo experiencial y directo que el silencio no es ausencia de ruido, puesto que el ruido mismo es silencio.

Yo medito (5)

Yo diría que la meditación es una forma de utilizar nuestro poder consciente.
           
Semejante definición que funciona como vasta sombrilla para un sinnúmero de artes que, si bien podemos llamar interiores, no excluyen el ritual ni la estructura externa.

Bajo este criterio, la meditación bien puede incluir una ceremonia wiccan, una caminata por la naturaleza, una sesión tántrica sexual a dúo, una kata de karate, una práctica mística cristiana, un ejercicio de perdón, la escritura de un poema, un viaje en enteógenos, la indagación advaita, por igual y por ejemplo.

No vamos continuar con la lista porque es casi infinita. El punto aquí es decir que el criterio es inclusivo. Lo cual no quiere decir que no hayan otros criterios.
           
A veces para hablar de la meditación hablo de la intención y atención conscientes. La manera en que uno utiliza la propia intención o atención conscientes define, sin más, nuestra realidad. Constituyen nuestro último capital, el más valioso.
           
De acuerdo al esquema de la intención y la atención conscientes podríamos dividir la meditación en meditaciones activas y meditaciones pasivas.
           
Las meditaciones activas buscan cultivar algo (sea un estado avanzado de concentración o de absorción, un campo de empatía, un poder de alguna clase, etcétera). Son meditaciones intencionales.
           
Las meditaciones pasivas reciben y atestiguan la realidad sin pretender alterarla (meditaciones de atención plena, conciencia sin elección). Son meditaciones atencionales.
           
Las meditaciones intencionales pretenden cambiar o crear estados mientras que las atencionales nos familiarizan con la naturaleza de los fenómenos y con el raíz del conocer mismo.
           
Por supuesto, la gran mayoría de las meditaciones combinan lo intencional y lo atencional. Más aún, queda claro que toda atención es en sí misma intención, y que toda intención es una forma de atención.

A veces, utilizo un modelo distinto: utilizo el término de atención para referirme a la meditación y el término de intención para referirme a la oración. En esta descripción, la atención es una forma de escuchar y la intención una forma de expresarse: de esa cuenta se va dando una conversación sagrada.

Yo medito (4)



Por supuesto algunas meditaciones me capturaron en especial y por tanto con esas me fui quedando. Les cuento.
           
Procuro meditar en tres momentos distintos de la jornada. La primera meditación la hago por la mañana y es una de chi kung. Bueno, no es una, sino un montón, que voy rotando. Por lo general practico uno o dos ejercicios al día. Me ayuda a mantenerme bien: mi esencia, mi energía, mi espíritu. Eso dura a lo mucho una media hora.
           
La segunda meditación del día la hago por la tarde, y va durando una hora. Es una sadhana –o práctica espiritual– tibetana, llamada Yoga de la Deidad.
           
Podemos dividir toda sadhana tibetana en tres partes: 1) las preliminares; 2) el cuerpo propiamente de la meditación; 3) el cierre y dedicación del mérito.

La parte de las preliminares incluye un acondicionamiento del lugar, así como colocación del altar, adopción de la postura, estabilización de la mente,  establecimiento de la motivación, seguido de ejercicios de visualización, plegaria, ofrenda, invocación, petición, purificación, bendición y unión con la Deidad–Gurú. Por razones de tiempo, procuro hacer eso de una manera muy sintética y sucinta. Pero en rigor cada una esas son prácticas demandan en sí mismas particular dedicación.

Como dije ya, la meditación principal que utilizo es una práctica que se llama Yoga de la Deidad: en donde uno se visualiza y emana como una divinidad tántrica, en medio de un mandala. Aquí incluyo una sesión de tonglen, que consiste en absorber, con la inhalación, el sufrimiento de los seres, y en darles, con la exhalación, felicidad y beatitud. Un ejercicio de alteridad y de compasión increíblemente poderoso, que merece un artículo por cuenta propia (ya lo escribiré luego). También hago una práctica de mantra, a la vez que voy emanando actividad búdica hacia todos los seres sintientes.

Por supuesto, visualizarse como una deidad puede ser visto como un delirio o gesto de megalomanía cósmica. Y en verdad, si no entendemos lo que estamos haciendo, mejor sería que nos encerrasen en el manicomio. Por otro lado, la Yoga de la Deidad puede ser un magnífico medio de deconstruir nuestra identidad limitada, aquella que hemos ido adquiriendo por medio de un sinnúmero de condicionamientos reductores. Una comprensión correcta de nuestra naturaleza verdadera nos puede mostrar nuestra dignidad sagrada.

Como siempre en las meditaciones budistas de esta naturaleza, se concluye con una dedicación, en donde se transfiere cualquier mérito acumulado con la práctica a todos los seres.
           
La tercera meditación de la jornada la hago ya por la noche, y dura media hora: una meditación de consciencia plena, en donde reconozco, en todo aquello que se presenta espontáneamente en el campo de la experiencia, la naturaleza clara y abierta de la realidad.

Yo medito (3)

Mi historia meditacional es un arco que va del degenere al regenere. Cuando empecé a meditar estaba hecho un desastre. Nada más satisfactorio que ver cómo con los años todo mi sistema biopsíquico se ha ido ordenando, sin perder por ello creatividad, limimalidad y loco caos. Mi cubierta es otra por completa. La transformación ha sido notable. Si alguien no lo cree es porque no me conoció antes.

Pero en cierto modo yo ya había tenido un contacto con la meditación desde la infancia. Mi abuela estaba metida en todo aquel rollo de la teosofía y la espiritualidad alternativa, aunque no existiera el término como tal en esa época.
           
Fue mi abuela quien me llevó a todos esos programas de Silva Mind Control, donde aprendí a relajarme profundamente, por medio de ciertos ejercicios de autohipnosis y visualización enfocada. Llegué a sacar los más programas más avanzados, que incluían prácticas de proyección mental y sanación a distancia.
           
Todo eso fue en mi infancia.
           
En mi adolescencia primera, segunda y tercera, mi meditación fueron todas esas drogas, con sus estados alterados. Especialmente los enteógenos y algunos preparados químicos como el LSD me rompieron uno a uno los esquemas de la existencia consensuada.
           
Tomé varias veces hongos. Más de veinte años después, sigo procesando aquellas experiencias en psilocibina. Los hongos me mostraron que todo eso que me habían dicho, y yo había creído, sobre la realidad –con sus convenciones de tiempo, espacio, objetividad y causalidad– no era más que una mentira, o una verdad extremadamente limitada.
           
Como era de esperarse, las drogas me terminaron metiendo en un carrusel extremadamente volátil y peligroso. Fueron capas y capas de autodestrucción alquitranada.

Eventualmente, me retiré a mis cuarteles de invierno, dejé las drogas,  empecé el proceso de sanación, que me llevó directamente a esa habitación luminosa y respetable llamada meditación.

Entré de la mano de un realizado: Jiddu Krishnamurti. Luego fueron añadiéndose innumerables guías y libros sobre el tema (que no voy a citar aquí, porque eso demandaría un artículo entero, será otra vez). También visité algunos centros espirituales y fui a varios retiros.
           
En un momento, tomé el refugio budista (sigo siendo budista hasta la fecha). La vipassana –una forma de meditación ubicua en todos los budismos– me obsesionó, pero no fue la única. En el budismo tibetano encontré una panoplia de técnicas meditacionales y ejercicios esotéricos y místicos. La sofisticación contemplativa del budismo es apabullante. Muchas de las meditaciones tibetanas son largas composiciones psicoespirituales, tejidos altamente complejos.
           
Hoy llevo unos diez años de ser un meditador formal. En realidad no es mucho tiempo, y comprendo plenamente mis límites como meditador. Por otro lado no puedo negar que he meditado como un animal, y ya tengo un estilo yóguico que podemos llamar personal: ya llegué a ese punto de apropiación de la meditación. La pura lujuria dhármica, espiritual, me llevó a meditar lo indecible y a explorar innumerables tipos de disciplina interior. Tengo en mi haber una colección interesante de experiencias meditativas.
           
¿Quiere decir eso que soy un meditador realizado? No. Para eso tendría que ser como esos meditadores que se encierran en un retiro oscuro durante meses y años y no hacen más que meditar, ni siquiera duermen, por estar meditando. Son como atletas profesionales. Yo no soy más que un atleta aficionado, que hace deporte una o dos horas al día. Lo cual de veras es insignificante.  

Yo medito (2)

Nos encontramos en la primera parte del siglo veintiuno, y todo el mundo sabe algo, ha escuchado alguna cosa de la meditación, siquiera un rumor. La meditación ha vivido sucesivos booms a nivel popular. A ello contribuyó la colisión de Occidente y Oriente.
           
Todo el mundo la practica, desde los superfamosos hasta la gente de a pie. La vemos en los parques, en los gimnasios, en los colegios, en las cárceles. Ha ido infiltrando darwinianamente todos los espacios de la vida intersocial.
           
Muchos movimientos han contribuido a esa popularización y vulgarización de la meditación. Lo cual es bueno y es malo. Al vulgarizarse, la meditación se hizo democrática, sexy y accesible. Pero desde luego también perdió profundidad. Hoy inclusive la damos por descontada, cuando la meditación es un privilegio de los universos.
           
Cuidado pues con la McMeditación, y el negocio en torno a ella. Una industria que deja incalculables réditos cada año, y en donde pululan la inocencia o charlatanería a partes iguales (con lo cual una buena dosis de discriminación es necesaria).
           
Pero no quiere eso decir que no haya algo extremadamente valioso en la meditación. Es algo que puedo decir por experiencia propia.

Yo medito (1)



Que me haya picado el mosquito de la meditación es una de las mejores cosas que me ocurrió en la vida. No tengo ningún reparo en decirlo: sin la meditación, no podría con los tanates de la existencia condicionada. Me parecería criminal no escribir al respeto.
           
Así como quise alguna vez convertirme en un poeta, también alguna vez quise convertirme en algo así como un artista de la meditación.               
           
Creo que a estas alturas ya puedo hablar de la meditación sin pudores. No sé si mucha, pero alguna experiencia tengo en el tema. He pasado incontables horas con el culo en el cojín.
           
Este texto puede llamarse “Yo medito” o puede llamarse igual “La camisa de veinte varas”. Nunca escribo de meditación, siendo tan cercana, porque conociéndola de veras, sé lo enorme que es. ¿Cómo escribir sobre algo tan vasto? Una tarea imposible. Una antiposibilidad.
           
Sin embargo, aquí les dejo lo que puede considerarse un reporte personal sobre la meditación, con dos o tres consejos prácticos, evitando matices coelhescos de cualquier clase.
           
Pueda este texto servir como una guía mínima y mágica que ayude aunque sea un poquito al buscador neófito a no perderse en los laberintos de las artes interiores. Puesto en partes, un ensayo quizá informal y espontáneo sobre el arte de poner un poco de maldita atención en lo alto, en lo íntimo y en lo necesario.

Transespiritual

Declaro que el mío es un enfoque transespiritual (y transreligioso). Eso quiere decir que participo simultáneamente en múltiples sistemas operativos espirituales, en una lógica integradora y no exclusivista. Muchos de ellos son doctrinariamente incompatibles, desde un punto de vista tradicional. Pero desde la plataforma cultural que ya tenemos hoy en día, es perfectamente dable encontrar toda clase de nexos funcionales de compatibilidad entre las distintas perspectivas espirituales, sin caer en una diáspora inoperante, en la promiscuidad o confusión de lo sagrado, o en un pobre ecumenismo o diálogo interreligioso que no pasa de las buenas maneras. Sencillamente, ya no me interesa la noción del refugio como estructura cerrada. Eso no quiere decir que no pueda investigar en profundidad en una línea concreta (es lo que he venido haciendo en el budismo, por ejemplo) pero semejante compromiso no ocurre a costa de otras formas de interrelacionarme con el Medio Primordial, ya sea en su versión expresada o intangible.

¡Capitalistas conscientes, uníos!


Uno de los movimientos recientes que han despertado no poco interés y membresía en el mundo de los negocios es el de las “empresas conscientes”.


Uno googlea el término “conscious business” (“negocio consciente” o “empresa consciente”) y de inmediato surge una fornido registro de páginas sobre el tema (por ejemplo: http://www.consciouscapitalism.org o http://flowidealism.com). Se trata de una tendencia que busca deslindarse del capitalismo empresarial implosivo, manipulador, rapaz,  reaccionario, para formular un nuevo paradigma en el universo de los negocios. Hemos visto la emergencia de institutos, entrenamientos, seminarios, cumbres, podcasts, toda clase de expresiones dinámicas vinculadas a este movimiento. Y de empresas, claro. La cultura empresarial más visible incluso empieza a adoptar rasgos conscientes. Empresas situadas como Cosco, Southwest Airlines, el retailer Whole Foods, o el gigante Google, muestran algunos de estos rasgos.   


Buenas nuevas

¿Es que hay otra forma de hacer negocios que aquel que ya conocemos, con su sucursal de pulsiones bajas, tumbos depredadores y narcisistas, inconmensurable agresión planetaria, su falta de principios, hambre ciega de prestigio, poder, y dinerario, su desoladora entropía? ¿Es posible co–crear una cultura empresarial inspirada, sabia, al servicio de los seres, los humanos y el planeta, que eleve la interdependencia sana y la responsabilidad universal?

Hay ciertas personas que afirman que sí. Son personas como Jeff Klein (CEO de Working for Good, autor del libro del mismo nombre, que vendría a ser algo así como Trabajando para bien) y que pregona que uno puede hacer una diferencia ganándose la vida. Personas como John Mackey, co–CEO de Whole Foods Market –un tipo de veras interesante que en 2006 se redujo el salario a un dólar al año– y uno de los grandes representantes y pioneros del capitalismo consciente (junto a Raj Sisodia escribió el libro El capitalismo consciente: liberar el espíritu heroico de las empresas). Personas como el talentoso Fred Kofman, autor de La empresa consciente: cómo construir valor a través de valores. Kofman, incidentalmente, es el director del Conscious Business Center en la Universidad Francisco Marroquín, lo cual no deja de ser estimulante (ver: http://consciousbusinesscenter.ufm.edu). Personas como Patricia Aburdene, autora de Seven New Trends That Will Transform How You Work, Live, and Invest (Siete Nueves Tendencias Que Van a Transformar Cómo Trabaja, Vive, e Invierte).


No hay contradicción

Las empresas conscientes al parecer se están haciendo preguntas muy importantes y profundas sobre la naturaleza de las transacciones y los negocios. Su intención es construir propósito más allá del rédito técnico o la ganancia calibrada de los accionistas. John Mackey, co–fundador y co–CEO de Whole Foods
Market, y uno de los principales voceros del movimiento empresarial consciente, lo explica de esta manera: necesitamos comer para vivir, pero el propósito de vivir no es comer. 

En este nuevo paradigma, uno se aleja de esa concepción del negocio como una máquina fría que ensambla fuerzas enajenadas de producción. En este nuevo paradigma, la colaboración es puesta por encima de la competividad.

Mackey por ejemplo percibe la empresa como un ecosistema. Un sistema comunitario y conectivo en donde ya no se busca un dividendo concentrado para unas minorías introvertidas del mismo, sino que procura, de un modo muy articulado y abierto, beneficiar a todos los stakeholders (o audiencias interesadas) como los clientes, los proveedores, el medio ambiente, las comunidades inmersas en el universo empresarial, y la sociedad en general. En esta paradigma, la cooperación y la inclusión de todos estos agentes generan mejor valor, aún si es en un plazo menos mánico. No es que los accionistas y socios no reciban interés en esta fresca estrategia. Mackey de hecho es muy enfático a la hora de defender esos intereses. Lo que está diciendo es que no hay contradicción entre el valor de las participaciones de los accionistas y la organización empresarial consciente. 

Los portavoces de este modelo no rechazan –de ninguna manera– el beneficio ni el bienestar material. Pero a la vez sostienen que las empresas no están allí para ser meramente exitosas, sino son verdaderas proscenios para realizar el bien, cumplir con un esquema superior de cultura corporativa, fundamentado en la atención plena y la generación activa  de elecciones conscientes. En este dinámica, no hay contradicción alguna entre prosperidad y coherencia. Es un paradigma que sabe que el capitalismo inconsciente en buena parte no sirve, pero tampoco desea por ello salirse del modelo capitalista.

Hoy en día hay una creciente demanda de sistemas corporativos que no traigan tragedia, vergüenza y escándalo (por ejemplo ecológico) a la civilización y a los seres del planeta. Son muchas las personas que ya no quieren invertir en esta clase de empresas, y ya no quieren trabajar tampoco en ellas. Lo que quieren más bien es invertir y trabajar en empresas que impulsen el significado, el servicio, los códigos comunitarios, la consciencia ambiental, y la realización y mística evolucionaria. Al estudiar estas compañías, uno se da cuenta que su rendimiento es de hecho excepcional; sus empleados están felices y están altamente motivados; son bien vistas por las comunidades en donde residen. ¿No es eso éxito, realmente?  Los resultados y porcentajes de crecimiento de estas empresas son inspiradoras.

Citemos otra vez a John Mackey:

“Yo fundamentalmente creo, con todo mi corazón, que el capitalismo consciente se convertirá en un paradigma dominante en el siglo XXI; y eso será porque sencillamente funciona mejor; es una forma superior de hacer negocios. Le va a ganar a sus competidores.”


Empresariado consciente no es responsabilidad corporativa

Muchas empresas puede que tengan una consideración más o menos idealista en su plataforma corporativa, pero aquí estamos hablando de algo mucho más significativo, menos ornamental o solamente predicativo: un modelo superior de negocios basado en intuiciones y prácticas provenientes de regiones más elevadas y refinadas de entendimiento empresarial. La consciencia es lo que separa el capitalismo consciente del viejo modelo de responsabilidad social, que sigue sirviendo al viejo paradigma de capitalismo pre–consciente o llanamente inconsciente. Todos sabemos que la responsabilidad social, tal y como se vive actualmente, parte muchas de veces de un espíritu crudo o sutil de manipulación, y sirve intereses prevalentemente propios, y son nomás sepulcros blanqueados (un ejemplo particular de ello es el greenwashing, esa práctica por medio de la cual las compañías quieren darse un tono ambientalista, cuando en verdad no hay una verdadera ética ecologista en ellas). 


Rasgos de una empresa consciente

Una empresa consciente podría revelar los siguientes rasgos o dimensiones (el listado no es exhaustivo):  

–La generación de sistemas organizacionales que sean directa o indirectamente ambientalistas y verdes, y en alguna medida den importancia a la preservación de nuestros paisajes materiales, en pos de una civilización planetaria sostenible. La inclusión en el proyecto empresarial de un respeto a los legados vegetales, animales y terráqueos en su conjunto.

–El empresariado consciente se alinea con patrones de inversión responsables, e invita a que otros lo hagan también. Asimismo, es activista del consumo ético.

–Muestra aprecio por el respeto radical en los lugares de trabajo, lo cual supone jerarquías no agresivas o impersonales, y el cultivo experimentado y profundo de relaciones sanas y abiertas dentro de la empresa.

­–De extrema importancia es crear un plan ambiental de trabajo que traiga bienestar a sus trabajadores y exalte su talento. Por demás, las empresas conscientes buscan dar con zonas laborales estimulantes, relajadas, bellas y espaciosas, en donde el empleado fusiona la satisfacción física, emocional y espiritual con el rendimiento laboral. Ambientes de trabajo que sean significativos, imaginativos y armoniosos, que apoyen a los trabajadores individuales y la vez la mutualidad del sistema todo.

–Se empuja y recompensa la autoría responsable, la iniciativa, la autonomía inteligente en los empleados, a la par del trabajo sinérgico y en equipo.  Se empodera a los individuos para que no caigan en patrones de victimización, dependencia laboral, y micromanagement o gestión controladora. Se estimula el liderazgo activo e iluminado. Se distribuye y desciende el liderazgo a los cuadros medios de la empresa y los empleados de a pie, convirtiéndoles a ellos también en entrepreuneurs en el sentido más directo de la palabra –emprendedores dinámicos– y en activistas sociales y políticos en el ambiente empresarial.

–Se da un efecto de redistribución y ecualización de los salarios y segmentos de poder y prestigio en las compañías.

–Hay una preocupación automática por el derecho, la dignidad humana y el tejido social. La creación de espacios de integración para las complejidades humanas, en un ambiente igualitario y respetuoso de las diferencias (no es una mera etiqueta o corrección política). Creciente sofisticación de las pulsiones comunitarias, cooperativa y societales a partir de la empresa.

–Se estimula la comunicación abierta, verdadera y respetuosa, la sana mutualidad y resolución de conflictos, la humildad sana y el sano orgullo. Se mantiene la palabra y se apoya la libre expresión, y la expresión bella. Se da voz a las personas.

–Se fomenta la belleza natural y creada.

–Hay una mentalidad y una motivación que rebasan o trascienden lo meramente dinerario o transaccional, y se decantan hacia el conocimiento, la creatividad y el servicio. 

–Se revaloriza lo subjetivo y lo intersubjetivo en las dinámicas de la empresa y sus relaciones. Métricas objetivas y puras externalidades no son ya exclusivos puntos de referencia. Hay patrimonios intangibles espíritu–corporativos.

–Se celebran –aún más que en las empresas habituales– las códigos y valores vivos, no impersonales o meramente decorativos. Estas fuerzas axiológicas tienen de hecho más importancia que el éxito material. Hoy hay iniciativas para mapear valores en las empresas (ver el trabajo de Richard Barret). En particular, hay un gran respeto por la integridad y el accountability, o rendición de cuentas. Por demás, para las empresas conscientes, es importante que los valores naturales de los empleados estén en acorde con los valores naturales   de la compañía. Las empresas conscientes tienden a absorber responsabilidades y compromisos sociales (tantos de ellos tradicionalmente adjudicados al Gobierno).

–Se busca generar un clima de trabajo inspirador y profundamente gratificante, que lleve a las empresas y sus empleados a niveles de realización y bienestar más complejos, y en donde puedan actualizar su potencial al máximo. Estamos hablando de trabajo que da y no quita vida. La empresa se ocupa íntimamente de sus trabajadores, y les ofrece programas significativos de protección y cuidado, en salud y otros intereses. Se preocupa de un modo no invasivo por la armonía de sus vidas personales, estimula aquellos proyectos íntimos que les traerá plenitud, salud y funcionalidad, y los apoya para que tengan patrones de vida más sanos y significativos en general.

–Cultivo de  valiosas inteligencias adaptativas, tales como la emocional, la social o la intuitiva. El reconocimiento y aprecio del poder intuitivo como un gran auxilio para hallar rutas de eficacia dentro del espectro de complejidades de la compañía.  

–Precisión, fluidez y ética informacional. Pasar de la era de la fría información a una era de sabiduría administrativa. Manejar bases de datos y métricas responsables.

–Búsqueda consciente de nuevos patrones de creatividad, innovación y generación de soluciones morales, técnicas e institucionales. Esa creatividad es utilizada para resolver problemas tanto internos y externos a la compañía. En particular, una consideración por el cambio y el desarrollo altruista.

–Las compañías conscientes reconocen sus dimensiones–sombra y las trabajan, así como sus patrones inconscientes.

–Una empresa consciente también procura establecer una cultura global que refleje el paradigma para el cual trabaja.

–Quien dice consciencia dice espiritualidad, pues la consciencia es el amalgamador común de todas las espiritualidades. Es la llegada de la espiritualidad –no de la religión, ojo– a los contextos organizacionales. Se establecen prácticas de presencia, sabiduría y reciprocidad consciente en los lugares de trabajo. En algunas compañías, se da mucho valor a la meditación y al aquí y ahora laboral. 


Hacia un capitalismo consciente

John Mackey nos explica que el capitalismo consciente no es otra cosa que un ecosistema interdependiente de empresas conscientes interactuando entre ellas. Añade que cuando hayamos creado suficientes empresas conscientes veremos cómo el paradigma capitalista de los siglos XIX y XX se desplazará a un capitalismo de siglo XXI, basado en empresas conscientes.

¿Podrá este nuevo movimiento emergente de empresariado consciente imponerse sobre el antiguo régimen capitalista?

Hay buenas razones para pensar que sí… siempre y cuando no matemos el planeta antes, y a nosotros con él, claro está. Por tanto es importante que los empresarios conscientes se multipliquen y conformen una comunidad global alineada. Por fortuna, el movimiento está creciendo muy rápidamente;  con lo cual la esperanza subsiste.

Una pregunta desde luego surge: ¿se atreverán los empresarios guatemaltecos a adoptar este nuevo paradigma? 
 
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